Cómo derrotar al odio y no morir en el intento.

ElisillaA

Equipo de Fiuxy
Super Moderador
18 Enero 2019
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En España sabemos que el odio es un tren sin frenos: ocho décadas después seguimos sin cerrar las heridas de nuestra Guerra Civil. Hemos vuelto a poner en marcha ese tren a ninguna parte.



Un día el adversario político comenzó a ser visto como una amenaza y el vecino que pensaba diferente, como el enemigo. Los bandos creyeron que el resentimiento sería manejable y que podrían desactivarlo antes de que fuera tarde. No fue así. Nunca lo es.


Que el odio es un tren sin frenos lo sabemos bien en España, donde ocho décadas después seguimos sin cerrar las heridas de nuestra Guerra Civil. Y, sin embargo, incomprensiblemente, hemos vuelto a poner en marcha ese tren a ninguna parte.
No, España no está al borde de otro conflicto armado. El país es hoy una democracia europea, la decimotercera economía del mundo y el segundo destino turístico más visitado. Precisamente porque la tolerancia fue clave para llegar hasta aquí resulta frustrante el empeño en desandar el camino. Los españoles somos los ciudadanos europeos que más enemistad sentimos hacia compatriotas de ideología diferente, hemos dejado que el lenguaje guerracivilista lo contamine todo, desde el parlamento a las escuelas, y emergemos de cada crisis más divididos y enfrentados.

Y lo que es peor: hemos contagiado de todo ello a las generaciones que vienen por detrás.
Una cuarta parte de los jóvenes españoles se posicionan en los extremos. En las aulas o en la calle, en sus camisetas y sus discursos, los jóvenes vuelven a definirse con términos utilizados en la Guerra Civil. Rojos y fachas. Fascistas y comunistas. Ignorantes, en definitiva, del significado o las connotaciones históricas de lo que hablan. El momento de parar esa deriva es ahora: ningún país está exento de repetir los peores errores de su historia. Y España, menos que ninguno.

Los meses de confinamiento, la trágica pérdida de decenas de miles de vidas y la crisis económica provocada por la pandemia han agrandado la brecha entre las dos Españas. Goya las pintó hace dos siglos en su Duelo a garrotazos, su enfrentamiento arruinó el país durante décadas y hoy reviven gracias a políticos mediocres que no tienen otra propuesta. Si se tratara de una película, podría llevar por título La gran excusa: mientras media España crea que la culpa de todos los problemas la tiene la otra mitad, y viceversa, las grandes reformas que necesita el conjunto seguirán aparcadas.

Todo se juzga desde la trinchera política y se estira hasta el absurdo. La defensa de derechos de los refugiados, el medioambiente —incluido el uso de bicicletas— o la lucha contra el machismo se etiquetan como causas de izquierdas. El impulso al emprendimiento, la disciplina en las escuelas o la unidad territorial del país se catalogan como de derechas. Los dictadores extranjeros son buenos o malos según la afinidad de cada bando. Y los partidos políticos reciben lealtades irracionales sin importar su comportamiento, como si fueran equipos de fútbol.


 
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